Esa temporalidad indefinida, ese momento en el cual uno busca cierta tranquilidad en medio de una mañana agradable y una noche esperada, esa situación sin rasgos determinantes y que se deja llevar sin mucho esfuerzo, es momento en que trato de esconder en cualquier lugar para continuar mi lectura del Manual del distraído de Alejandro Rossi. Pero aquella tarde iba a ser diferente, distinta, nada se componía a mi gusto, nada, es como que esta sociedad estuviera moldeada de tal forma, buscando como respuesta la muerte de sus ciudadanos ante la incompetencia y el desorden. Me llegó la cuenta del aseo urbano, ese doloroso pago que, en la práctica, no se ve en ninguna parte de la ciudad, un trabajo efectivo de limpieza; esa factura que, obligatoriamente debo cancelar pero, esa tarde, el asombro embargó mi vida, mi cerebro y la rabia estuvieron a punto de estallar, me agregaban una especie de deuda pendiente, extraña, absurda, corrí a revisar todos los recibos anteriores, bien ordenados: todo estaba bien. ¿Cuál sería la deuda?, y para saber fui hasta la oficina más cercana con la historia completa de facturas canceladas bajo mi brazo, la persona que se encontraba atendiendo, al ver todo lo que le ponía sobre la mesa se puso lívida, “revise”, le expresé con odio y lancé nuevamente, la pregunta, se dio cuenta y le echó la culpa al computador, aquel pobre aparato creado para recibir las acusaciones de los “errores” humanos de dicha institución; “eso no volverá a suceder”, expresó el empleado, pero volvió la factura con la famosa deuda, alguien debe necesitar plata para hacer eso.

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